Lo que importa no es el comienzo
- 5 ene 2017
- 2 Min. de lectura

Es inevitable que los comienzos de año nos llenen de expectativa, tal vez miedo o de incertidumbre. Una vez pasada esta brecha para llegar no sabemos adónde, empezamos a sentirnos de nuevo, como en casa. Como antes de llegar al final. ¿O al principio?
Pensar en los comienzos me llevó a recordar el texto “Manual de instrucciones” de Julio Cortázar. Porque lo difícil para mí, amables lectores, no es el comienzo ni el final. Es lograr derribar los obstáculos intermedios. Esto es: el día a día cuando terminas cayendo en la aplastante rutina.
"La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero «Hotel de Belguique»”.
Pienso en estas líneas de Cortázar cada vez que me siento, otra vez, en medio de la rutina. Y no es que la disciplina y las repeticiones sean tan malas. Pero con el día a día, a veces llegamos a olvidar el objetivo de nuestros actos, llegamos a perder el sentido de todo. Que no siempre es llegar a fin de mes, pagar la renta, administrar el caos.
Cada quien sueña una rutina diferente. Hay que darnos permiso de vacacionar en la mente, de viajar a un paisaje diferente fuera de las oficinas, de disfrutar el aroma de las mañanas y del café, para que este camino de en medio, sea más llevadero, más placentero.
“Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien”, dice Cortázar…
Todo pequeño acto, por insignificante que parezca, tiene un valor más allá de lo material y más allá de lo inmediato. Ojalá que en este 2017 tengamos esos pequeños recovecos de tranquilidad y buenos deseos, que se cuelen entre las ventanas de las oficinas, las calles y los autos.
¡Que así sea!




















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