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El miedo de un viejo liberal

  • 29 may 2018
  • 2 Min. de lectura

Antes de que iniciara el último programa de "Cambios" (Multimedios), al que asistí en calidad de invitado, mi amiga Marcela Moreno me pidió escribir un artículo respecto a una pregunta: ¿qué espera Eduardo Holguín de las elecciones del 2018".

Marcela le formuló la pregunta mencionada a un tipo de 64 años que vio arribar la democracia a un país donde, cuando él votó por vez primera, solo había en la boleta un candidato, solo había una opción política, pues. Le preguntó a un mexicano que celebra con fanfarrias que "la dictadura perfecta" haya quedado en el pasado y en las elecciones participen representantes de la rica pluralidad política que prevalece en nuestro país.

La directora editorial del periódico Milenio, Laguna, Invitó a opinar a un viejo liberal que no le asustan las campañas negativas, que no le asusta la guerra sucia, el financiamiento privado, las "fake news", etc. Admiro a las democracias occidentales en las que, durante los procesos electorales, desnudan a los candidatos exponiendo hasta sus verrugas más escondidas.

Creo que los ciudadanos tenemos la madurez política suficiente y necesaria para identificar la verdad y la mentira; los votantes no somos infantes. Lo que sí asusta es el no reconocimiento de la derrota por parte de los perdedores. Asusta que se dinamite uno de los fundamentos de la democracia: "la aceptabilidad de la derrota" (parafraseando a Jesús Silva Herzog).

La democracia no es un fin en sí misma, es el camino que escogimos para elegir a nuestros gobernantes, de manera tal que no prevalezca el conflicto que supone la multiplicidad de visiones políticas, sociales y económicas. De manera tal que obtengamos gobernabilidad en un entorno caracterizado por la diversidad política.


Es por ello que puedo contestarle a mi amiga Marcela: de las elecciones del 2018 espero, principalmente, el reconocimiento del triunfo del que resulte ganador. Espero que los perdedores estrechen la mano del ganador. Ello no significa subordinación, claudicación de las ideas y principios, abandono de las convicciones. Significa tolerancia, civilidad, respeto a la decisión de los que resulten mayoría, significa madurez democrática, la madurez que requiere México para transitar de una democracia rabona a una democracia plena; para alcanzar, de una vez por todas, estadios superiores de desarrollo político.


*Artículo publicado en el suplemento M Laguna de www.milenio.com


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